El mejor y el peor día de mi vida son uno solo: el día en el que conocí a Manuel (O cualquier otro nombre). Estaba entrando a trabajar en una nueva empresa y el jefe de personal me presentó a mis compañeros de oficina.
Ese saludo para mí tenía las palabras que cualquiera pudiese confundir con algo más que una amistad, pero en ese momento, no lo sabía. Todos a diario tomábamos el almuerzo en la misma mesa del comedor de la empresa, pero Manuel y yo siempre nos sentábamos juntos.